Mañeru es una bonita localidad situada en la comarca geográfica llamada Val de Mañeru, dentro de la merindad de Estella. El valle lo componen, además, los municipios de Artazu, Cirauqui y Guirguillano.
La extensión del valle es de 84,2 Km². Geológicamente es una depresión alargada que se extiende desde el río Arga hasta el diapiro de Alloz. Su parte central está configurada por yesos, areniscas, limos y arcillas rojas, mientras que en los bordes abundan las margas y areniscas.
El término municipal de Mañeru limita al norte con Guirguillano, al este con Artazu y Puente la Reina, al sur con Mendigorría y al oeste con Cirauqui. Topográficamente el terreno se inclina de oeste a este, desde los 756 metros que alcanza en la muga con Cirauqui y Guirguillano hasta los 313 en el valle del Arga.
Los meandros de este río en Campollano y Soto Aldea hacen de límite municipal con Puente la Reina y Mendigorría.
Su altitud sobre el nivel del mar es de 456 metros y la distancia a Pamplona es de 26 Km.
La población de Mañeru, como es lógico, ha evolucionado a lo largo de la historia. Tomaremos una serie de años como referencia, desde la Edad Media hasta nuestros días.
Los datos de la Edad Media vienen determinados en "fuegos" y cada uno se corresponde aproximadamente con 4,5 habitantes. Así, en 1350 tenía 32 "fuegos" (144 habitantes). En 1366 habían descendido a 10 (44 habitantes) probablemente como consecuencia de las epidemias periódicas que se producían por entonces. Los fuegos eran ya 70 (315 habitantes) en el año 1553 y ascendieron a 78 en 1646. La etapa de mayor población corresponde a la década de 1860 en que llegó a tener unos 1.200 habitantes. A partir de ahí el declive fue lento pero constante: unos 1.100 habitantes en 1900, 700 en 1950. En 1986 tenía 362 habitantes de hecho y 403 de derecho. En la actualidad los habitantes son unos 382, con una distribución muy similar entre hombres y mujeres. La densidad de población es de unos 29 habitantes por kilómetro cuadrado.
Mañeru tiene una economía diversificada. En el sector agrícola predominan los cultivos herbáceos de secano sobre los leñosos, aunque esto no siempre fue así. Antes de la "filoxera" de la vid, ésta ocupaba casi 540 hectáreas y nunca logró recuperar estas cifras de cultivo.
Actualmente este cultivo supone unas 112 hectáreas. Los cultivos herbáceos y el barbecho suponen unas 458 hectáreas, mientras que el olivar y frutales ocupan 30 hectáreas. Por lo que respecta a la ganadería, hay que destacar la ganadería ovina.
En el sector secundario, hay que citar la fábrica de yesos, la bodega cooperativa vinícola que comercializa el vino con la marca Belardi, dos carpinterías de aluminio, otra carpintería de madera, un taller de maquinaria agrícola y un taller de electricidad.
En el año 1908 se fundó una Cooperativa agrícola-Caja Rural, en 1950 el Trujal Cooperativo "San Pedro" y en 1959 la Bodega Cooperativa "La Cruz".
En su suelo de la mitad septentrional abundan las arcillas y areniscas, mientras que en el resto los materiales predominantes son los yesos, las arcillas y las areniscas rojas.
El clima es de tipo mediterráneo continental.
La temperatura media anual oscila entre los 12º-14º C. Las precipitaciones varían entre los 500 y 800 milímetros, caídos en unos 60-100 días.
En sus parajes anidan diferentes especies de aves: buitres, águilas reales; y animales de caza menor.
Las referencias más antiguas se remontan a la época romana y de esta etapa procede una estatua de Mercurio en bronce del siglo II d.C., época imperial romana.
Fue villa de señorío realengo cuya pecha anual redujo el Rey Sancho VI el Sabio a 700 sueldos en el año 1193, a la vez que le concedía una serie de fueros. En su término poseyeron heredades el monasterio de Iranzu y la Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén. Esta Orden se comprometió en 1290 a no enajenar sus campesinos si no era al rey. Poseía la iglesia parroquial y se benefició de la cesión de parte del diezmo por parte del Obispo de Pamplona en el año 1351. Mañeru se libró del señorío de esta Orden Militar en el año 1555 al pagarse 800 ducados al convento del Crucifijo de Puente la Reina.
En el año 1630 se separó administrativamente del Valle de Mañeru. En 1665 la villa compró al rey su asiento en Cortes, pero el privilegio fue anulado once años después.
A finales del siglo XVIII la villa contaba con administración de tabacos; el aceite y, sobre todo, el vino eran los principales productos de sus campos. Por entonces la industria de encajes estaba en decadencia.
En 1848 había escuela de niños, a la que asistían 94 alumnos y cuyo maestro percibía 4.000 reales. Había también escuela de niñas, frecuentadas por 72 y cuya dotación para el pago del maestro era de 2.000 reales. Estas cantidades se cubrían en parte por las retribuciones de los alumnos y en parte con fondos comunes del Municipio.
Por estas mismas fechas de mediados del siglo XIX la iglesia parroquial estaba dirigida por un Vicario presentado por los propios vecinos y por cinco Beneficiados, cuya provisión correspondía al Rey y al convento de San Juan de Puente la Reina.
Hacia 1820 en la villa había un molino y algunas fábricas de aguardiente, además de trujales. La producción principal seguía siendo el vino y la actividad industrial más destacada era la extracción de yeso.
Mañeru fue también escenario de la primera Guerra Carlista (1833-1840). El general Fernández de Córdoba desalojó de Mañeru en el año 1835 a unos cuantos batallones carlistas que trataron de oponerse a la fortificación de Larraga.
Ya en el siglo XX Mañeru padeció las consecuencias de la industrialización viendo como sus jóvenes se marchaban del pueblo. Actualmente vive un repunte en su población gracias a las nuevas urbanizaciones en construcción y la mejora de las comunicaciones.
Heráldica municipal: El escudo de Mañeru está dividido en cuatro cuarteles. En el primero, de azur, hay un castillo de oro.En el segundo, de gules, y lobo pasante sobre rocas en su color natural. En el tercero, de gules, con las cadenas de Navarra de oro. En el cuarto, de azur, tres palos de oro. Por timbre lleva una corona abierta.
Casa Consistorial: Se sitúa en la Plaza de los Fueros y fue construida a finales del siglo XIX. En ella se ubican otros servicios como el consultorio médico, las escuelas públicas y la biblioteca.
El conjunto urbano de Mañeru presenta un trazado irregular y quebrado propio de una villa de origen medieval. Se organiza en torno a amplios espacios abiertos, como la plaza de San Pedro en la que se halla la parroquia, y en un nivel más bajo, la Plaza de los Fueros y el rellano de donde parten estrechas calles que enlazan o confluyen con la calle Mayor. En estas calles y plazas se levantan casas de tres cuerpos o más, construidas en sillarejo dispuesto en hileras horizontales y con sillares en los enmarques de los vanos y en las esquinas.
En el eje de la fachada, o algo desviada, se abren las puertas principales con potentes dinteles de piedra o arcos de medio punto con grandes dovelas.
Sobre ellas suelen aparecer ostentosos escudos de piedra que se fechan desde el siglo XVI al XIX.
Destaca en este aspecto la calle de la Luna por la abundancia de escudos y por su irregular trazado.
La fuente neoclásica del siglo XVIII rematada en un frontón curvo fue durante muchos años lugar de encuentro y desencuentro de los vecinos.
Crucero del último tercio del siglo XVI situado en la salida hacia Pamplona. Tiene un pedestal poligonal sobre el que se asienta una columna también poligonal con capitel compuesto.
El conjunto está rematado con una cruz en cuyo anverso está la imagen del crucificado, en el reverso está la Virgen con el niño y un querubín. Las figuras son de estilo romanista.
Arquitectura religiosa: Parroquia de San Pedro Apóstol: Edificio neoclásico de finales del XVIII que sustituye al primitivo de los siglos XVI y XVII en el que había participado el maestro Juanes y su hijo Pedro de Urbieta en las obras de la cabecera, capillas y bóvedas. Parte del edificio del siglo XVI se ha aprovechado en la zona de los pies. Su original disposición se ha atribuido a Ventura Rodríguez, aunque en los libros parroquiales se confirma la participación de Santos Angel de Ochandátegui.
Tiene planta de cruz latina con amplio crucero cubierto con una bóveda de media naranja con linterna.
A los pies del templo se halla un coro alto encajado en la estructura interna de la torre que es la parte aprovechada del siglo XVI.
En el exterior la iglesia presenta muros de sillería y una pureza de volumen propia del Neoclásico, resaltándose los ábsides de los brazos del crucero y cabecera.
La portada principal tiene puerta adintelada. Por encima de ella hay una hornacina donde se aloja la figura de San Pedro sedente revestido de pontifical del siglo XVI.
La torre se levanta a los pies y tiene dos cuerpos: el inferior es del siglo XVI, mientras que el cuerpo de campanas es barroco del siglo XVIII.
Retablo Mayor: Fue proyectado por Victor Eusa y realizado en 1930 por Arrieta, según modelos neoclásicos. El conjunto es majestuoso por el diseño y por el dorado. En el centro se aloja una hornacina y tallas de San Pedro, San Fermín y San Francisco Javier.
Otras obras artísticas en la Iglesia: Conjunto de reliquias que fueron traídas de Santa María de Nájera en 1606. Tallas de la Virgen del Rosario, Santa Bárbara, San Andrés y otros santos, todos ellos con sus reliquias cuya abundancia en la iglesia de Mañeru llama poderosamente la atención.
Se encuentra también en la iglesia la talla de un Crucificado salido del taller de Bernabé Imberto, así como las de Santa Bárbara y la Virgen del Rosario. Destacan, así mismo, los retablos de la Virgen del Rosario y Santa Catalina de estilo romanista del siglo XVI realizados por Bernabé Imberto.
En el coro de la parroquia existe un órgano de finales del siglo XIX, realizado por los hermanos Roqués de Zaragoza que presenta una tubería de gran calidad y que fue restaurado en 1982.
Ermita de Santa Bárbara: Se encuentra en el monte, a media hora de camino, de estilo rural restaurada hace unos años. En su interior encontramos un retablo barroco de la segunda mitad del siglo XVII.
Fiestas: A lo largo del año Mañeru disfruta de distintas festividades. El primer domingo de septiembre las fiestas grandes tienen su gran día. Casi una semana de diversión y alegría en la que no faltan espectáculos taurinos, música y diversión para todos. Cenas y comidas populares reúnen a los mañerucos en torno a la mesa, bien sea en la plaza o en los locales que poseen las cuadrillas, donde las sobremesas se alargan durante toda la noche.
El 29 de junio festividad de San Pedro, Mañeru honra a su patrón con gran solemnidad. Dos días conocidos como las "fiestas pequeñas" de continua diversión.
A lo largo del año las fiestas locales animan la vida diaria. El el cuatro de diciembre conmemoran la festividad de Santa Bárbara, copatrona de Mañeru, santa a la que sus habitantes profesan una gran devoción. La ermita, situada en el monte, está consagrada a su honor y a ella se sube en romería el primero de mayo.
La llegada del solsticio de invierno se anuncia con una gran hoguera.
El siete de diciembre por la noche se enciende el fuego en la calle Inmaculada. Las matas que antiguamente traian los niños del campo se han sustituido por grandes maderas para que las llamas alcancen la mayor altura posible.
Los vecinos de la calle abren sus bodegas invitando a vino de Mañeru y aperitivos diversos.
La ronda, de una bodega a otra, la realizan los más mayores. Los jóvenes cenan en torno al fuego y la juerga dura hasta bien entrada la madrugada.
A lo largo del año Mañeru disfruta de distintas festividades. El primer domingo de septiembre las fiestas grandes tienen su gran día. Casi una semana de diversión y alegría en la que no faltan espectáculos taurinos, música y diversión para todos. Cenas y comidas populares reúnen a los mañerucos en torno a la mesa, bien sea en la plaza o en los locales que poseen las cuadrillas, donde las sobremesas se alargan durante toda la noche.
El 29 de junio festividad de San Pedro, Mañeru honra a su patrón con gran solemnidad. Dos días conocidos como las "fiestas pequeñas" de continua diversión.
A lo largo del año las fiestas locales animan la vida diaria. El cuatro de diciembre conmemoran la festividad de Santa Bárbara, copatrona de Mañeru, santa a la que sus habitantes profesan una gran devoción. La ermita, situada en el monte, está consagrada a su honor y a ella se sube en romería el primero de mayo.
Desde el año 2003 la tarde del 24 de diciembre Mañeru espera la visita del Olentzero. Con él se recorre las calles del pueblo cantando villancicos y todos meriendan chistorra y castañas asadas.
La Cabalgata de los Reyes Magos es ya una tradición antigua. Los Reyes vienen cargados de regalos y en la Iglesia los reparten entre los niños.
El idioma que se habla es el castellano, aunque la mayoría de los niños, adolescentes y cada vez más adultos entienden y hablan el euskera.
La calidad de sus vinos ha hecho de Mañeru un referente en Navarra.
En su bodega se elaboran tintos, rosados y blancos. Entre 1981 y 1989 estos vinos recibieron trece premios en el concurso de Calidad de Vinos organizado por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Navarra.
Debemos destacar que 10 de los galardones fueron primeros premios, un segundo y dos menciones honoríficas. Toda la producción anual de vino se vende en la propia bodega bien a la menuda o embotellado.
La cruz del aceitero (de Tomás de Burgui Versión de Jose Ignacio de Mañeru).
Más prodigiosa que en los antecedentes casos, se acreditó la beneficencia de este gran Príncipe de los Ángeles en este mismo año, librando de muchos peligros de muerte a su devoto Miguel de Errazquin, arriero vecino de Arruazu.
Consta de la verdad del suceso por la declaración jurada de este mismo, hecha inmediatamente ante la Justicia de la Villa de Mañeru, y puesta en los Autos del jurídico proceso, que se formó contra sus dos salteadores enemigos, y también por otra segunda, que el mismo hizo en la Villa de Huarte-Araquil en 17 de Julio del siguiente año, 1716, ante Pedro de Veregaña, Real Escribano, como consta de un Auto suyo, siendo testigos Don Esteban de Ijurco, Vicario de dicha Villa, y el Presbítero Don Bernardo de Escurra. El caso de muchos modos admirable, sucedió en la forma siguiente.
Salió de su casa el expresado Miguel de Errazquin con dos caballerías, el 27 de Diciembre del dicho año de 1715, Y habiendo llegado a las seis de la tarde al paraje llamado Bargota, entre las Villas de Puente la Reina y de Mañeru, le asaltaron dos ladrones, apoderándose de su persona y de sus dos caballerías con sus cargas.
En conflicto tan funesto, el afligido Miguel, a cuya devoción daba alientos su mismo nombre, clamó angustiado, fervoroso y humilde, implorando el auxilio del Excelso Arcángel. Bien necesario le fue el escudo de tan poderosa protección, y bien presto le valió la defensa de su poder, porque uno de sus agresores con toda su fuerza le tiró una estocada al pecho para derribarlo traspasado ; pero, aunque el pecho sólo se cubría con la camisa, y dos débiles juboncillos , quedó preservado de la punta del acero de tal modo, y con prodigio tan singular, que la punta se dobló hacia la guarnición como si hubiese sido rechazada por la firmeza impenetrable de un peto diamantino, o torcida por milagrosa fuerza de invisible mano. No sólo se libró así Miguel de la muerte, sino que no recibió en su pecho señal alguna de herida o de golpe: primera maravilla del invocado Arcángel.
Con esta experiencia creció la confianza de su devoto y creció también la crueldad de sus enemigos. En lugar de arrepentirse de su iniquidad, reconociendo la Divina protección, ataron al pobre hombre las manos con una soga y arrastrándole con horrible violencia, le llevaron media legua a distancia de Bargota, hasta el sitio llamado Chinchiturrieta. Sin embargo , a pesar del furor con que le arrastraron por diversos barrancos y otros parajes escabrosos , y de los muchos golpes que le dieron, se halló el hombre allí sin lesión: segundo beneficio de su Protector San Miguel.
Repitieron en aquel sitio los ladrones los conatos de su codicia y fiereza, registrándole el vestido y la bolsa, y despojándole de todo el dinero y otras cosa que llevaba. Luego uno de ellos, para despojarle también de la vida con furor diabólico, le dio dos puñaladas sobre el hombro izquierdo. Mas también ahora, como antes la estocada tirada al pecho, quedaron estos golpes sin efecto alguno, cediendo el acero, como si fuese blanda cera, al escudo de la protección prodigiosa con que aquel cuerpo se defendía. Así nuevamente, con tercer prodigio preservó el Santo Arcángel a su devoto.
Proseguía éste con mayor confianza implorando nuevas defensas del Protector de su vida, y prosiguieron sus enemigos en el empeño de su cruel violencia. Hay en aquel sitio de Chinchiturrieta una altura a la que corresponde por el otro lado, un despeñadero escarpado como de ochenta varas hasta el Río Arga, cuya corriente allá es muy fuerte y caudalosa. Resolvieron pues los dos salteadores arrojar atado al Hombre por aquel despeño horrible para que destrozado y ahogado pereciese en el Río, y nunca se descubriese la maldad de ellos. Para asegurar más su perversa ejecución, le ligaron también con otra cuerda recia los pies.
Viéndose Miguel tan cerca de este último y mayor peligro, avivó su confianza en el Arcángel prodigioso, inflamó más su devoto afecto, solicitó con nuevos clamores su amparo, pidió con instancias su auxilio, y, para merecer mejor el socorro de su piedad, le prometió, que , si le preservaba de la muerte, le haría una visita en su Santuario de Excelsis, haciendo celebrar una Misa delante de su Imagen en acción de gracias por tantos favores, confesándose y comulgando en ella, y ofreciendo una docena de aceite para las lámparas de su santa Casa.
Hecha esta oración y promesa a su Protector Celestial, comenzó a disponerse para el riesgo con un acto de contrición y pidió a los ladrones le concediesen un poco de tiempo para perfeccionar aquel acto sobrenatural tan meritorio. Mas ellos, tan crueles como impíos, sin atender a tan humilde piadoso ruego, teniéndole ya bien atado de pies y manos, y cogiéndole por la cabeza el uno, y por los pies el otro, lo arrojaron por aquel horrendo precipicio. Y, luego, suponiéndole despedazado, muerto, y arrebatado por el Río Arga, partieron de allí con el robo, protegidos por la lobreguez nocturna.
Pero volvamos al despeño, para admirar las maravillas de Dios en el Hombre despeñado. Se verificó en él admirablemente aquélla Divina Providencia, cuyo acuerdo nos declaró así la Escritura: "El Señor te encomendó al cuidado y dirección de sus Angélicos Ministros para que te guarden en todos tus caminos. Ellos te llevarán en sus propias manos para que no tropieces y te hagas daño con las piedras". Así, practicando el orden de Dios, procedió en este lance San Miguel, defendiendo por sí mismo, o por medio de sus Ángeles Santos, la vida y salud de su despeñado devoto. En aquel gran despeñadero, como a veintisiete varas de altura desde el Río Arga, había una hoyada pequeña, en cuya parte superior sobresalía un trozo de peñasco y, en la parte inferior, se radicaba un débil arbolito de chopo. Por allí cayó rectamente el Hombre, y era connatural por consiguiente que, habiendo descendido hasta allí más de cincuenta varas con arrebatado ímpetu, se estrellase todo contra el sobresaliente peñasco y, desde allí se despeñase con más vuelo hasta el Río. Pero no fue así, y aquí se multiplicaron los prodigios de la Angélica protección.
Llegó allí el Hombre sin maltratarse en tan gran despeño. Se salvó del encuentro del sobresaliente peñasco y quedó metido en la pequeña hoyada sobre el tronco del tierno chopo, el cual, aunque no era más grueso que una muñeca de hombre, ni su elevación excedía de tres palmos, ni se quebrantó con el primer golpe del cuerpo, ni le faltó robustez para sostenerlo. Se halló allí asegurado con tan penosa postura que, sostenido del arbolito por la espalda, quedó con la cabeza abajo y los pies arriba, dándole el poder Divino en aquella débil planta protección más segura que la que preparó a Jonás en la yedra. No maltratarse con golpes en tan largo precipicio, preservarse del tropiezo del peñasco, colocarse debajo de él en tan pequeño hoyo y detenerse con tal postura sobre un tronco tan tierno, maravillas fueron tan superiores al orden natural cuanto propias de la Omnipotencia de Dios y dignas de la milagrosa protección de un San Miguel.
Insignes prodigios fueron estos; pero aún se añadieron otros. Viéndose el Hombre libre de la muerte, pero siempre en peligro formidable, redobló los clamores de su confianza y se animó a la tentativa de una diligencia. Sin atreverse al menor movimiento en su postura, comenzó a rozar con las uñas de las manos la cuerda con que estaban ligadas y, gastándolas de hilo en hilo con la lentitud que se deja suponer, logró romperla después de mucho tiempo. Y recobrada la soltura de sus manos, se aseguró más con ellas asiéndose del arbolito. Fue aquella noche una de las más inclementes de aquel invierno riguroso: era copiosa la nieve, fortísimo el hielo, intolerable el frío y contra tanto rigor del tiempo no tenía el Hombre más abrigo que el de los juboncillos desabrochados, que los ladrones le dejaron por inútiles y viejos.
Sola la intensísima frialdad podía ser bastante causa para dejarle yerto, y aun difunto en pocas horas. Pero, no obstante eso, no faltó ni el movimiento a sus dedos, ni la firmeza a sus manos, ni el calor suficiente a sus miembros, y se mantuvo allí constante, sano, vivo, animoso en toda la noche, y en la mayor parte de la siguiente mañana, triunfando del frío y del continuo riesgo casi por dieciséis horas. Sólo el inextinguible fuego de la caridad omnipotente, que hace vivo incendio de gloriosas llamas a sus Ángeles y que, entre todos, dio a San Miguel la primacía en los Seráficos ardores, pudo y quiso, por medio de ellos, dar al afligido prodigiosa eficacia de vital fomento contra tanto frío.
Prosiguió así el Hombre toda la noche en aquella postura peligrosa, agradeciendo tantas maravillas, y repitiendo sus fervientes súplicas. En la mañana siguiente, dispuso la Providencia Divina que un pescador y dos cazadores, vecinos de Puente la Reina, llegasen a la opuesta ribera del Río Arga. Luego que con la claridad del día los descubrió Miguel, dirigió a ellos su clamorosa voz, suplicándoles buscasen algún arbitrio para libertarle de tan gran riesgo. Asustados y compadecidos aquellos hombres de verle y oírle, participaron la noticia a la Villa de Mañeru, a cuya jurisdicción pertenece aquel sitio. Y luego el Cura y la Justicia de aquel Pueblo, con muchos de sus vecinos, acudieron allá prevenidos de maromas para el socorro.
Cuando llegaron a la cumbre y advirtieron la profundidad del despeñadero formidable, y el lugar en el que estaba el Hombre, todos se preocuparon de horror y susto, pareciéndoles casi imposible el libertarlo. Nadie tuvo valor para descender atado con cuerdas hasta allí y remediar al hombre en su aflicción. No bastaron para eso ni las exhortaciones del Cura, ni los premios prometidos por la Justicia. Tan grande y manifiesto les pareció a todos el peligro que, a vista de él, aun los más animosos perdieron el esfuerzo. Tanta arduidad se les representó en la empresa que no lo juzgaron practicable sin milagrosa intervención de la Omnipotencia Divina. Pero ésta, que por San Miguel , se había empeñado en salvar a aquella vida, perfeccionó la obra a la que no llegaron los fueros de la industria humana.
Confiados pues los concurrentes en la protección del Cielo, e implorando el Divino auxilio, unieron varias sogas fuertes, anudando unas con otras, y dirigieron la extremidad de ellas hasta donde el Hombre estaba, para que , si lograse la dicha de asirse de ella, pudiesen atraerle desde arriba. Atenta la mucha profundidad, la prominencia del peñasco, la pequeñez del inferior hueco, la penosa disposición del Hombre en aquel sitio, y la acerbidad del frío riguroso, contingente era el arbitrio, y daba muy débil esperanza del buen suceso. Pero se logró muy bien, porque todo es fácil al poder celestial. Pudo el Hombre asirse con sus manos a la soga, aunque no ceñírsela por la cintura, y al impulso atractivo de los que la tiraban de lo alto, salió del hueco y llegó felizmente arriba, sin rozadura, contusión, herida, ni daño alguno.
Quedaron todos grandemente admirados de verle después de dieciséis horas de continuo peligro, ya libre, seguro, vivo, sano y gozoso. Creció la admiración cuando le oyeron luego referir cuanta multitud de riesgos había sufrido en la invasión de los salteadores, en su robo, violencias, golpes y despeño. Y cómo San Miguel, a quien, después de Dios, atribuía toda su defensa, le había conservado multiplicando maravillas portentosas. La relación enterneció y excitó la piedad de todos los presentes a dar gracias al Señor y al clementísimo Arcángel, por tan admirable copia de favores.
Fue conducido el Hombre a Mañeru, en donde por orden de la Justicia, hizo en forma la jurada declaración de todo el caso, y con las luces, que de ella resultaron para el conocimiento de los ladrones, procedió la Justicia a la pesquisa y captura de ellos, dándoles después sus merecidos castigos. El favorecido Miguel de Errazquin, en cumplimiento de la promesa hecha entre sus peligros graves, visitó a su prodigioso Libertador en el Santuario de Excelsis, y obsequiándole con la celebración de una Misa, la percepción devota de los sacramentos de Penitencia y Comunión sagrada, y con la ofrenda de la docena de aceite para las lámparas de su iglesia, correspondió con ferviente acción de gracias a tantas maravillas.
Raro conjunto de ellas se representa en el suceso: notable serie de prodigios de nuestro Príncipe amoroso. Tantos fueron y tales, cuantas fueron las causas de muerte, que asaltaron a la vida de aquel Hombre ; vehementes sustos, terribles sobresaltos, estocada al pecho, puñaladas en el hombro, ligaduras fuertes en pies y manos, golpes violentos, horrendo precipicio , crudelísimo frío por largo tiempo. Pero todo cedió al poder de San Miguel: sobre tantas causas mortíferas prevaleció su protección: terrores, golpes, aceros, despeños, inclemencias, peligros, todos quedaron sin efecto alguno, y de todos sacó vivo, sano, libre y consolado a su devoto. Celebró entonces el Público maravillas tan grandes. Ojalá que esta relación en adelante aumente su devoción, confianza y culto en sus corazones. Vean todos en las experiencias de ese su devoto feliz, cuánta verdad es que "este prodigioso benigno Príncipe, a cuantos le alaban reverentes, saca victoriosos de los conflictos de varias necesidades, y a cuantos invocan piadosamente en todo lugar su santo Nombre, libra de todos los peligros visibles e invisibles.